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El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad.
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Victor Hugo (1802-1885) Novelista francés.
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domingo, 6 de febrero de 2011

"SALUDARE ESTE DÍA CON AMOR EN MI CORAZÓN" PERGAMINO 2/10 (El Vendedor más Grande del mundo




CAPÍTULO IX
EL PERGAMINO NÚMERO DOS

Saludaré este día con amor en mi corazón. Porque éste es el secreto más grande del éxito en todas las empresas. La fuerza muscular podrá partir un escudo y aún destruir la vida, pero sólo el poder invisible del amor puede abrir el corazón del hombre, y hasta que no domine este arte no seré más que un mercachifle en el mercado. Haré del amor mi arma más poderosa y nadie a quien yo visite podrá defenderse de su fuerza.
Podrán contradecir mi razonamiento; podrán desconfiar de mis discursos; podrán desaprobar mi manera de vestir; podrán rechazar mi rostro; y hasta podrán sospechar de mis ofertas especiales; y sin embargo mi amor les derretirá el corazón, a igual que el sol cuyos rayos entibian la más fría arcilla.
Saludaré este día con amor en mi corazón.
¿Y cómo lo haré? De aquí en adelante contemplaré todas las cosas con amor y naceré de nuevo. Amaré al sol porque me calienta los huesos; pero también amaré la lluvia porque purifica mi espíritu. Amaré la luz porque me señala el camino; pero también amaré la oscuridad porque me enseña las estrellas. Acogeré la felicidad porque engrandece mi corazón; pero también soportaré la tristeza porque descubre mi alma. Reconoceré la recompensa porque constituye mi pago; pero también daré acogida a los obstáculos porque constituyen para mí un desafío.
Saludaré este día con amor en mi corazón.
¿Y cómo hablaré? Elogiaré a mis enemigos y se convertirán en amigos míos. Animaré a mis amigos y se volverán mis hermanos. Ahondaré siempre en busca de razones para elogiar; nunca me allanaré a buscar excusas para el chisme. Cuando sienta la tentación de criticar, me morderé la lengua; cuando me sienta inspirado a elogiar, lo proclamaré a los cuatro vientos.
¿No sucede que los pájaros, el viento, el mar y la naturaleza toda hablan con la música de la alabanza para su creador? ¿No puedo acaso hablar con la misma música a sus hijos? De aquí en adelante recordaré este secreto que cambiará mi vida.
Saludaré este día con amor en mi corazón.
¿Y cómo procederé? Amaré a todas las clases de hombres porque cada uno tiene cualidades dignas de ser admiradas aunque quizá estén ocultas. Derribaré la muralla de sospecha y de odio que han construido alrededor de sus corazones, y en su lugar edificaré puentes para llegar por ellos a sus almas.
Amaré al que tiene ambiciones porque podrá inspirarme; amaré a los que han fracasado porque pueden enseñarme. Amaré a los reyes porque son solo humanos; amaré a los humildes porque son divinos. Amaré a los ricos porque sufren la soledad; amaré a los pobres porque son tantos. Amaré a los jóvenes por la fe a que se aferran; amaré a los ancianos por la, sabiduría que comparten. Amaré a los hermosos por sus ojos de tristeza; amaré a los feos por sus almas saturadas de paz.
Saludaré este día con amor en mi corazón.
¿Pero cómo reaccionaré ante la conducta de los demás? Con amor. Porque así como el amor es el arma con la que me propongo abrir el corazón del hombre, el amor es también mi escudo para resistir los dardos de odio y las lanzas de ira. La adversidad y el desánimo azotarán cual huracán mi nuevo escudo, hasta quedar finalmente reducidos a fina lluvia. Mi escudo me protegerá en el mercado, me sostendrá cuando estoy solo. Me estimulará en momentos de desánimo, pero también me calmará en épocas de gozoso transporte. Con el uso se fortalecerá y me protegerá cada vez más, hasta que un día lo pondré a un lado y caminaré sin estorbos entre todos los hombres, y cuando lo haga, mi nombre será enarbolado bien alto en la pirámide de la vida.
Saludaré este día con amor en mi corazón.
¿Y cómo me enfrentaré con las personas con quienes me encuentro? De una sola manera. En silencio y en mi fuero interno me dirigiré a él y le diré que le amo. Aunque dichas en silencio estas palabras se reflejarán en mis ojos, serenarán mi frente, harán que una sonrisa se asome a mis labios, y harán eco en mi voz; y su corazón se abrirá. ¿Y quién es aquel que se negará a comprar mis mercancías cuando en su corazón sienta mi amor?
Saludaré este día con amor en mi corazón.
Y principalmente me amaré a mí mismo. Porque cuando lo hago, vigilaré celosamente todo lo que entra en mi cuerpo, mi mente, mi alma y mi corazón. Nunca jamás mimaré los apetitos de la carne, sino que más bien trataré mi cuerpo con limpieza y moderación. Nunca permitiré que mi mente sea atraída por el mal y la desesperación, sino que más bien la estimularé con los conocimientos y la sabiduría de los siglos. Nunca le permitiré a mi alma que se vuelva complaciente y satisfecha; por el contrario la alimentaré con la meditación y la oración. No permitiré nunca que mi corazón se empequeñezca o se amargue; sino más bien lo compartiré y crecerá y alegrará la tierra.
Saludaré este día con amor en mi corazón.
De aquí en adelante amaré a toda la humanidad. Desde este momento todo el odio ha sido extraído de mis venas porque no tengo tiempo para odiar, sólo tengo tiempo para amar. Desde este momento doy el primer paso requerido para convertirme en un hombre entre los hombres. Con amor aumentaré mis ventas en un ciento por ciento y me convertiré en un gran vendedor. Aunque no posea otras cualidades, puedo alcanzar el éxito con el amor solo. Sin el amor fracasaré aunque posea todos los conocimientos y habilidades del mundo.
Saludaré este día con amor, y tendré éxito.

domingo, 12 de diciembre de 2010

CAPITULO 1 "EL VENDEDOR MAS GRANDE DEL MUNDO"

CAPÍTULO I   




Hafid se demoró frente al espejo de bronce y estudió su imagen reflejada en el metal bruñido.
«Sólo los ojos conservan su juventud», murmuró al darse vuelta y caminar lentamente por el espacioso piso de mármol. Pasó entre columnas de ónice negro que sostenían el cielorraso bruñido de plata y de oro, y sus ancianas piernas lo llevaron más allá de las mesas esculpidas en madera de ciprés y marfil.
Las incrustaciones de carey brillaban en los sofás y divanes, y las paredes, adornadas con piedras preciosas, relucían con brocados del más esmerado diseño. Enormes palmeras crecían plácidamente en vasijas de bronce sirviendo de marco a una fuente de ninfas de alabastro, mientras que grandes floreros, incrustados de piedras preciosas, competían con su contenido en llamar la atención. Ningún visitante al palacio de Hafid podía dudar de que se tratara en realidad de una persona con grandes riquezas.
El anciano pasó por un jardín cercado y entró a su almacén que se extendía más allá de su mansión en una distancia de 500 pasos. Erasmo, su principal tenedor de libros, esperaba inseguro un poco más allá de la entrada.
—Mis saludos, señor —dijo Erasmo.
Hafid inclinó levemente la cabeza y continuó en silencio. Erasmo lo siguió sin poder ocultar la preocupación de su rostro ante la extraordinaria solicitud de su amo para celebrar una entrevista en este lugar. Cerca de las plataformas de carga, Hafid se detuvo contemplando las mercancías que eran sacadas de vagones de carga y contadas en puestos separados. Había lana, lino fino, pergaminos, miel, alfombras y aceite del Asia Menor; cristales, higos, nueces, y bálsamo de su propio país; textiles y drogas de Palmira; jengibre; canela y piedras preciosas de Arabia; maíz, papel, granito, alabastro y basalto de Egipto; tapizados de Babilonia; pinturas de Roma; y estatuas de Grecia. Flotaba en el ambiente un intenso aroma a bálsamo y el fino olfato de Hafid percibía la presencia de dulces ciruelas, manzanas, queso y jengibre.
Finalmente se volvió a Erasmo.
—Mi viejo amigo, ¿cuánta riqueza hay ahora acumulada en nuestro tesoro?
Erasmo palideció.
—¿En total?
—En total.
—No he estudiado los números recientemente, pero calcularía que hay más de siete millones de talentos de oro.
—Y si todas las mercancías en todos mis almacenes y emporios se convirtieran en oro, ¿cuánto reportarían?
—Nuestro inventario no está aún completo para esta temporada, señor, pero calcularía un mínimo de otros tres millones de talentos.
Hafid asintió con la cabeza.
—No compres más mercancías. Inicia de inmediato los planes necesarios para vender todo lo que es mío y convertirlo en oro.
El tenedor de libros abrió la boca sin emitir sonido. Retrocedió como si algo le hubiese golpeado, y cuando finalmente recobró el habla, tuvo que hacer un esfuerzo para decir.
—No lo entiendo, señor. Este ha sido nuestro año más provechoso. Cada uno de los emporios informa sobre aumentos en las ventas respecto de la temporada anterior. Hasta las legiones romanas son ahora nuestros clientes, puesto que, ¿no le vendió al procurador de Jerusalén 200 sementales árabes en el espacio de dos semanas? Perdóneme mi intrepidez, porque rara vez pongo en tela de juicio sus directivas, pero esta orden no la puedo entender…
Hafid sonrió y le tomó con suavidad la mano a Erasmo.
—Mi camarada digno de confianza, ¿es tu memoria lo suficientemente vivida como para recordar la primera orden que recibiste de mí cuando comenzaste a trabajar para mí hace muchos años?
Erasmo frunció el ceño fugazmente, y luego se le iluminó el rostro.
—Me encargó que sacara todos los años la mitad de las ganancias de nuestro tesoro y las distribuyera entre los pobres.
—¿Y no me consideraste en aquella época un hombre de negocios necio?
—Abrigué grandes recelos, señor.
Hafid asintió con la cabeza y extendió los brazos hacia las plataformas de carga.
—¿Estás dispuesto a admitir que tu preocupación carecía de fundamento?
—Sí, señor.
—Permíteme entonces animarte a que tengas fe en mi decisión hasta que te explique mis planes. Soy ahora anciano y mis necesidades son sencillas, elementales. Dado que mi amada Lisha ha sido quitada de mí, después de tantos años de felicidad, es mi deseo distribuir todas mis riquezas entre los pobres de esta ciudad. Guardaré solo lo suficiente como para terminar mi vida sin incomodidades. Además de disponer de nuestro inventario, quiero que prepares los documentos necesarios a fin de transferir el título de propiedad de cada uno de los emporios al que actualmente lo administra por mí. Quiero también que distribuyas 5.000 talentos de oro a estos gerentes corno recompensa por sus años de lealtad, para que puedan surtir de nuevo sus estantes y anaqueles como deseen.
Erasmo comenzó a hablar pero la mano en alto de Hafid le impuso silencio.
—¿Te parece desagradable esta tarea?
El tenedor de libros sacudió la cabeza y esbozo una sonrisa.
—No, señor, solo que no puedo comprender su razonamiento. Sus palabras son las de un hombre cuyos días están contados.
—Es propio de ti, Erasmo, que te preocupes por mí en vez de ti. ¿No piensas en tu futuro cuando nuestro imperio comercial quede disuelto?
—Hemos sido camaradas durante muchos años. ¿Cómo puedo yo ahora pensar solo en mí mismo?
Hafid abrazó a su viejo amigo y le contestó:
—No es necesario. Te pido que transfieras in mediatamente 50.000 talentos de oro a tu nombre y te ruego que te quedes conmigo hasta que se cumpla una promesa que hice hace muchísimos años. Cuando esa promesa se haya cumplido te legaré esté palacio y el almacén a ti, porque estaré entonces listo para reunirme con Lisha.
El anciano tenedor de libros miró fijamente a su señor, incapaz de comprender las palabras que había oído.
—El palacio, 50.000 talentos de oro, el almacén; no los merezco…
Hafid asintió.
—He considerado siempre tu amistad como mi mayor bien. Lo que ahora te lego a ti es de ínfima importancia comparado con tu inagotable lealtad. Has llegado a dominar el arte de vivir, no solo en lo que a ti respecta, sino en lo referente a los demás, y esta solicitud te ha sellado por sobre todo como un hombre entre los hombres. Ahora te insto a que te apresures a consumar mis planes. El tiempo es la mercancía más valiosa que poseo y el reloj de arena de mi vida está casi lleno.
Erasmo volvió el rostro para ocultar sus lágrimas. Con voz quebrada le preguntó:
—¿Y qué me dice de su promesa que aún tiene que cumplirse? Aunque hemos sido como hermanos nunca le he oído hablar de tal asunto.
Hafid se cruzó de brazos y sonrió.
—Nos reuniremos de nuevo cuando hayas cumplido las órdenes que te he dado esta mañana. Entonces te revelaré un secreto que no he compartido con nadie, excepto con mi amada esposa, por más de 30 años.